Pensé que ese diciembre sería el último de mi vida —porque sí, sentía las punzadas más gigantescas en mi pecho— pero fue el mes que cambió mi forma de ver el mundo
Un diciembre común y corriente, cuando sentía que nada podría salir mal, terminó siendo aquel en el que más me sentí inestable; donde mi cuerpo y mi mente me jugaron una mala pasada o, simplemente, habían llegado al punto del colapso.
Mi cuerpo ya había comenzado a dar señales días atrás: mareos, taquicardia leve, dolores de cabeza, inquietud en mi brazo izquierdo... Lo "usual", lo que siempre justificaba como "normal" por el estrés. Pero, ¿qué tanto estrés puede acumular una persona de mi edad? ¿Qué tantas preocupaciones podría tener?
El 26 de diciembre los mareos se intensificaron, pero yo intentaba no prestarles atención. Mientras manejaba a 15 minutos del trabajo, comenzó lo que pensé que acabaría con mi vida para siempre.
Yo solo le gritaba a mi hermana, quien me acompañaba, que era mi hora. Rezaba con fuerza y sentía largo mi camino hacia la clínica, aunque mi velocidad era de casi 140 km/h. Jamás había experimentado el peso de mi propia vida intentando escapar por mi pecho.
Mientras mi cuerpo se helaba —y escribo esto hoy— me pregunto: ¿Estaba mi cuerpo dándose por vencido o era yo la que no sabía cómo pedirle que se quedara? ¿Era este el final del que nadie te advierte?
Mis manos y articulaciones se inflamaban, tanto así que me arranqué las pulseras y el reloj de mis muñecas; mi vista era cada vez más borrosa y lo único que se me ocurría era acelerar, hundiendo la bocina contra cualquiera que se me atravesara como si el ruido pudiera abrirme paso. Mis oídos se tapaban y mi respiración era cada vez más corta; mis palpitaciones crecían y sentía que mi brazo izquierdo se desprendía de mí.
El "infarto"
"¡Me voy a morir! ¡Mi corazón se va a salir!": era el eco de los gritos que recuerdo haber lanzado al irrumpir en emergencias. Mi cuerpo ya no me pertenecía por la incesante taquicardia; era una máquina fuera de control. Las enfermeras, con una paciencia casi irreal, canalizaron mi miedo a través de una vía y descifraron mi frenético ritmo cardiaco conectando todos los cables a mi pecho.
En medio del caos, el primero en llegar fue mi papá. Nuestras miradas se encontraron entre lágrimas: yo le suplicaba que no me quería marchar, mientras sus manos intentaban sosegar un sistema nervioso que me había declarado la guerra, tratando de recordarme que todavía estaba ahí, que todavía respiraba.
Después de varios minutos, llegó la noticia más extraña: mi cuerpo estaba ileso. Las enfermeras giraban el monitor, señalando las ondas de mi ritmo cardiaco para que hiciera las paces con mi cuerpo. No había fallas en las válvulas ni en las arterias. Mi corazón estaba acelerado, sí, pero no había rastro de muerte en él.
Me dieron el alta, pero me fui de la clínica con una duda más pesada que el miedo: si mi corazón estaba sano, ¿qué era entonces lo que se me estaba saliendo del pecho?
Segunda advertencia
Mi mamá intentaba contenerme, pero yo solo gritaba que necesitaba volver a la clínica; me aferraba a la idea de que, estando ahí, mi cuerpo recuperaría la seguridad que yo ya no sabía darle. Y así se repitió la misma escena: 12 de la madrugada, cables en mi pecho, vías en mis brazos, las enfermeras dando lo mejor de ellas para hacerme sentir en calma.
Al estabilizarme y escuchar que "todo estaba bien" otra vez, ya no solo sentía miedo, sino una profunda vergüenza de mi propio cuerpo y de todos los que intentaban ayudarme; de mis gritos, de haberme alterado "sin razón" y de haber movilizado a mi familia por una guerra que, según las máquinas, no existía.
El infarto disfrazado
Después de varios días intenté llevar todo con más tranquilidad, pero sentía que habitaba en un cuerpo que no me pertenecía. El 31 de diciembre el mundo se preparaba para celebrar y yo, en un último esfuerzo de voluntad, intentaba mantenerme a la altura.
Mi cuerpo volvió a descontrolarse: taquicardia a todo dar, manos sudadas, agitación y una falta de aire que me perturbaba. Pero ese día decidí no volver a conectarme a los cables ni perforar mis brazos con agujas, sino que me llevaran con un especialista. Quería que alguien mirara más allá de un monitor y entendiera qué era eso que para mí se disfrazaba como la muerte.
Luego de contar todo a detalle —sin aire, pero manteniendo la calma— y de que revisara mi ritmo cardiaco sin encontrar indicios de un preinfarto, llegaba el momento del diagnóstico.
Recuerdo entrar al consultorio con la camisa medio abierta, mis manos apretando mi pecho junto a una imagen de San Charbel, entre lágrimas y suplicándole al doctor que me revisara lo más pronto posible. Pero él, sentado frente a mí y a mi papá, ignoró mi desesperación y repetía de forma muy segura: "Respira, no te vas a morir frente a mí".
No era mi corazón, sino mi mente
Trastorno de Pánico (TP) y Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG): para muchos podría ser algo tonto de leer, pero aceptar que el enemigo no estaba en mis arterias, sino en mis pensamientos, fue un golpe inesperado.
Es extraño cómo funciona la mente: prefería creer que me estaba muriendo físicamente —porque sí, me reconozco como una mujer fuerte— antes que admitir que emocionalmente ya no podía más.
Mi diagnóstico era el resultado de noches sin dormir, desvelarme llorando, sentir nostalgia siempre, ver el lado negativo de cualquier situación, culparme de mi pasado, tomarme la vida demasiado a pecho, de preocuparme por lo que aún no ha pasado, no saber ponerle límites a mi propia exigencia y darme golpes de culpa. El pánico no era un accidente; era el eco de todo lo que yo no me permití soltar a tiempo.
Después de un año de aprender desde cero sobre mi cuerpo y calmar mi grito interior, de asistir a terapia, entre otros muchos esfuerzos, entendí que minimizar lo que siento nunca debe ser una opción.
Hoy sé que la ansiedad también habita en los detalles silenciosos: en el hormigueo de las manos que te hace temer lo peor, en los espasmos musculares o en ese cansancio extremo que no se quita ni durmiendo diez horas, porque aunque los ojos se cierren, la mente nunca deja de correr.
He aprendido que escuchar a mi cuerpo no es debilidad, sino el acto de amor propio más grande que puedo hacer por mí. Aquel 31 de diciembre mi vida no se terminó, simplemente cambió de rumbo.
Si hoy estás leyendo esto y sientes que el aire te falta, recuerda que tu cuerpo no es tu enemigo; solo está tratando de decirte que es hora de volver a ser tú mismo y que te despreocupes, porque el tiempo es lo único que no regresa. A veces, hay que romperse por completo para aprender a respirar de nuevo.
Gracias por leerme.