sábado, 13 de diciembre de 2025

La magia que no se apaga a mis 26

A veces quisiera pensar que crecí y que mis gustos audiovisuales cambiarían o ¿madurarían? Pero no... mi niña interior se mantiene, y eso es lo que me encanta de mí 


Voy a comenzar sin rodeos: soy una niña Disney con 26 años de edad. Para muchos, esto da risa. Pero todo tiene una razón de ser.

Entendí mi amor hacia estas películas un poco tarde en una sesión con mi psicólogo: el miedo de dejar el pasado atrás, mi niñez, mis recuerdos. Mi defensa es la nostalgia. 

Luego de mis 20, renació mi intención de verlas. Y por una parte recomiendo hacerlo, porque cuando las retomé, entendí más el propósito de ellas y sus diálogos que parecen ser indefensos, pero con significados que te dejan pensativo.

Y es precisamente esa conexión, esa nostalgia pura la que me ha hecho volver a mi catálogo de películas favorito. Aún se me eriza la piel recordándome tan chiquita, verlas en el mueble de mi vieja casa, memorizarme tantos diálogos y conectar con los personajes. 

A pesar de sentirme a veces muy niña, estas son historias que me ayudaron a ser quien soy, y que hoy en día sigo usando como ancla emocional mientras navego en mi adultez forzosa. 

Hasta el infinito y más allá de mi niñez


Amo cada trama planteada. Cuando Andy decide dejar todo atrás y Woody se siente reemplazado es mi punto débil. La caja llena de juguetes, aceptar que hay un nuevo camino que volar y entender que, de alguna u otra manera, ya no los necesita, pero reconociendo que fueron una pieza importante. 

Y sí, sentí la misma punzada que Woody y entendí el verdadero ancla de todas las metáforas: todo tiene un por qué y para qué. Todas sus aventuras tuvieron su proceso de adaptación y crecimiento. 

Esa caja de juguetes tuvo un inicio y un final, pero Andy no los tiró ni los olvidó: confirmó su valor al donarlos y darles un nuevo propósito de vida. 

Mis recuerdos por esta película no son cosas de las que me tengo que deshacer; son los objetos más valiosos que le presento a mi yo adulta. 

La búsqueda de mi identidad


Tarzán: no recuerdo cuántas veces vi esta pieza, pero si que era la favorita de mi mamá y era su primera opción para distraerme de chiquita. Amaba la canción de "En mi corazón vivirás", era real esa conexión que me hacía sentir. 

A veces soy como el protagonista, perdida entre lo que deseo, lo correcto y lo que debería. Pero la idea está en columpiarse por la selva y llevar todo a una balanza para entender muchos aspectos de la vida, por nuestro bien, por nuestros anhelos y principios. 

Tarzán nunca tuvo un manual. Tuvo que aprender a cazar, a sobrevivir y adaptarse. Es la mejor metáfora de la vida adulta que he encontrado: nadie te da un manual de cómo hacerlo bien a tus 26 años; solo tienes que agarrar la liana más cercana y confiar en ti misma.

El arrecife y mar abierto

Otra de mis favoritas e infaltables. Esta película me enseñó que la sobreprotección es la peor enfermedad, una forma de aferrarse a lo que sabemos que nada será para siempre.

Marlin encarna esa ansiedad paralizante que nos lleva a querer controlar cada aspecto de nuestro entorno. Nemo soy yo. Su recorrido son mis experiencias y decisiones. Él no fue imprudente; solo fue un pez que quiso nadarse el mar completo para vivir y ser el mismo.

Mi arrecife si es mi lugar seguro: mi familia, mis valores y mis principios. Pero el ancla de esta historia es que la verdadera aventura siempre será cuando decides dar el paso de atreverte a nadar a mar abierto y hacer lo que nunca pensaste que harías. Es ahí, fuera de la zona de confort, donde las experiencias definen quiénes somos. 

Esta es solo una cuarta parte de lo mucho que conecto con todas ellas y, este blog me recuerda que siempre podré abrazar a mi yo pequeña admirando y reviviendo las viejas piezas de Disney. 

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