miércoles, 31 de diciembre de 2025

Bitácora de un Respiro: El día que mi miedo se volvió maestra

Pensé que ese diciembre sería el último de mi vida —porque , sentía las punzadas más gigantescas en mi pecho— pero fue el mes que cambió mi forma de ver el mundo

Un diciembre común y corriente, cuando sentía que nada podría salir mal, terminó siendo aquel en el que más me sentí inestable; donde mi cuerpo y mi mente me jugaron una mala pasada o, simplemente, habían llegado al punto del colapso.

Mi cuerpo ya había comenzado a dar señales días atrás: mareos, taquicardia leve, dolores de cabeza, inquietud en mi brazo izquierdo... Lo "usual", lo que siempre justificaba como "normal" por el estrés. Pero, ¿qué tanto estrés puede acumular una persona de mi edad? ¿Qué tantas preocupaciones podría tener?

El 26 de diciembre los mareos se intensificaron, pero yo intentaba no prestarles atención. Mientras manejaba a 15 minutos del trabajo, comenzó lo que pensé que acabaría con mi vida para siempre. 

Yo solo le gritaba a mi hermana, quien me acompañaba, que era mi hora. Rezaba con fuerza y sentía largo mi camino hacia la clínica, aunque mi velocidad era de casi 140 km/h. Jamás había experimentado el peso de mi propia vida intentando escapar por mi pecho.

Mientras mi cuerpo se helaba —y escribo esto hoy— me pregunto: ¿Estaba mi cuerpo dándose por vencido o era yo la que no sabía cómo pedirle que se quedara? ¿Era este el final del que nadie te advierte?

Mis manos y articulaciones se inflamaban, tanto así que me arranqué las pulseras y el reloj de mis muñecas; mi vista era cada vez más borrosa y lo único que se me ocurría era acelerar, hundiendo la bocina contra cualquiera que se me atravesara como si el ruido pudiera abrirme paso. Mis oídos se tapaban y mi respiración era cada vez más corta; mis palpitaciones crecían y sentía que mi brazo izquierdo se desprendía de mí.

El "infarto"

"¡Me voy a morir! ¡Mi corazón se va a salir!": era el eco de los gritos que recuerdo haber lanzado al irrumpir en emergencias. Mi cuerpo ya no me pertenecía por la incesante taquicardia; era una máquina fuera de control. Las enfermeras, con una paciencia casi irreal, canalizaron mi miedo a través de una vía y descifraron mi frenético ritmo cardiaco conectando todos los cables a mi pecho.

En medio del caos, el primero en llegar fue mi papá. Nuestras miradas se encontraron entre lágrimas: yo le suplicaba que no me quería marchar, mientras sus manos intentaban sosegar un sistema nervioso que me había declarado la guerra, tratando de recordarme que todavía estaba ahí, que todavía respiraba.

Después de varios minutos, llegó la noticia más extraña: mi cuerpo estaba ileso. Las enfermeras giraban el monitor, señalando las ondas de mi ritmo cardiaco para que hiciera las paces con mi cuerpo. No había fallas en las válvulas ni en las arterias. Mi corazón estaba acelerado, sí, pero no había rastro de muerte en él.

Me dieron el alta, pero me fui de la clínica con una duda más pesada que el miedo: si mi corazón estaba sano, ¿qué era entonces lo que se me estaba saliendo del pecho?

Segunda advertencia


Luego de dos días todo parecía mejorar, pero mi cuerpo no era el mismo. Caminaba en un estado de alerta constante. Yo seguía esforzándome en ignorar las señales, negociando con la realidad a punta de excusas. Una noche volvió la inestabilidad: lo más fuerte de esa noche fue mi respiración y el dolor en mi brazo izquierdo. 

Mi mamá intentaba contenerme, pero yo solo gritaba que necesitaba volver a la clínica; me aferraba a la idea de que, estando ahí, mi cuerpo recuperaría la seguridad que yo ya no sabía darle. Y así se repitió la misma escena: 12 de la madrugada, cables en mi pecho, vías en mis brazos, las enfermeras dando lo mejor de ellas para hacerme sentir en calma.

Al estabilizarme y escuchar que "todo estaba bien" otra vez, ya no solo sentía miedo, sino una profunda vergüenza de mi propio cuerpo y de todos los que intentaban ayudarme; de mis gritos, de haberme alterado "sin razón" y de haber movilizado a mi familia por una guerra que, según las máquinas, no existía.

El infarto disfrazado

Después de varios días intenté llevar todo con más tranquilidad, pero sentía que habitaba en un cuerpo que no me pertenecía. El 31 de diciembre el mundo se preparaba para celebrar y yo, en un último esfuerzo de voluntad, intentaba mantenerme a la altura.

Mi cuerpo volvió a descontrolarse: taquicardia a todo dar, manos sudadas, agitación y una falta de aire que me perturbaba. Pero ese día decidí no volver a conectarme a los cables ni perforar mis brazos con agujas, sino que me llevaran con un especialista. Quería que alguien mirara más allá de un monitor y entendiera qué era eso que para mí se disfrazaba como la muerte.

Luego de contar todo a detalle —sin aire, pero manteniendo la calma— y de que revisara mi ritmo cardiaco sin encontrar indicios de un preinfarto, llegaba el momento del diagnóstico.

Recuerdo entrar al consultorio con la camisa medio abierta, mis manos apretando mi pecho junto a una imagen de San Charbel, entre lágrimas y suplicándole al doctor que me revisara lo más pronto posible. Pero él, sentado frente a  y mi papá, ignoró mi desesperación y repetía de forma muy segura: "Respira, no te vas a morir frente a mí".

No era mi corazón, sino mi mente

Trastorno de Pánico (TP) y Trastorno de Ansiedad Generalizada (TAG): para muchos podría ser algo tonto de leer, pero aceptar que el enemigo no estaba en mis arterias, sino en mis pensamientos, fue un golpe inesperado.

Es extraño cómo funciona la mente: prefería creer que me estaba muriendo físicamente —porque sí, me reconozco como una mujer fuerte— antes que admitir que emocionalmente ya no podía más.

Mi diagnóstico era el resultado de noches sin dormir, desvelarme llorando, sentir nostalgia siempre, ver el lado negativo de cualquier situación, culparme de mi pasado, tomarme la vida demasiado a pecho, de preocuparme por lo que aún no ha pasado, no saber ponerle límites a mi propia exigencia y darme golpes de culpa. El pánico no era un accidente; era el eco de todo lo que yo no me permití soltar a tiempo.

Después de un año de aprender desde cero sobre mi cuerpo y calmar mi grito interior, de asistir a terapia, entre otros muchos esfuerzos, entendí que minimizar lo que siento nunca debe ser una opción.

Hoy sé que la ansiedad también habita en los detalles silenciosos: en el hormigueo de las manos que te hace temer lo peor, en los espasmos musculares o en ese cansancio extremo que no se quita ni durmiendo diez horas, porque aunque los ojos se cierren, la mente nunca deja de correr.

He aprendido que escuchar a mi cuerpo no es debilidad, sino el acto de amor propio más grande que puedo hacer por mí. Aquel 31 de diciembre mi vida no se terminó, simplemente cambió de rumbo. 

Si hoy estás leyendo esto y sientes que el aire te falta, recuerda que tu cuerpo no es tu enemigo; solo está tratando de decirte que es hora de volver a ser tú mismo y que te despreocupes, porque el tiempo es lo único que no regresaA veces, hay que romperse por completo para aprender a respirar de nuevo.

Gracias por leerme.

sábado, 13 de diciembre de 2025

La magia que no se apaga a mis 26

A veces quisiera pensar que crecí y que mis gustos audiovisuales cambiarían o ¿madurarían? Pero no... mi niña interior se mantiene, y eso es lo que me encanta de mí 


Voy a comenzar sin rodeos: soy una niña Disney con 26 años de edad. Para muchos, esto da risa. Pero todo tiene una razón de ser.

Entendí mi amor hacia estas películas un poco tarde en una sesión con mi psicólogo: el miedo de dejar el pasado atrás, mi niñez, mis recuerdos. Mi defensa es la nostalgia. 

Luego de mis 20, renació mi intención de verlas. Y por una parte recomiendo hacerlo, porque cuando las retomé, entendí más el propósito de ellas y sus diálogos que parecen ser indefensos, pero con significados que te dejan pensativo.

Y es precisamente esa conexión, esa nostalgia pura la que me ha hecho volver a mi catálogo de películas favorito. Aún se me eriza la piel recordándome tan chiquita, verlas en el mueble de mi vieja casa, memorizarme tantos diálogos y conectar con los personajes. 

A pesar de sentirme a veces muy niña, estas son historias que me ayudaron a ser quien soy, y que hoy en día sigo usando como ancla emocional mientras navego en mi adultez forzosa. 

Hasta el infinito y más allá de mi niñez


Amo cada trama planteada. Cuando Andy decide dejar todo atrás y Woody se siente reemplazado es mi punto débil. La caja llena de juguetes, aceptar que hay un nuevo camino que volar y entender que, de alguna u otra manera, ya no los necesita, pero reconociendo que fueron una pieza importante. 

Y sí, sentí la misma punzada que Woody y entendí el verdadero ancla de todas las metáforas: todo tiene un por qué y para qué. Todas sus aventuras tuvieron su proceso de adaptación y crecimiento. 

Esa caja de juguetes tuvo un inicio y un final, pero Andy no los tiró ni los olvidó: confirmó su valor al donarlos y darles un nuevo propósito de vida. 

Mis recuerdos por esta película no son cosas de las que me tengo que deshacer; son los objetos más valiosos que le presento a mi yo adulta. 

La búsqueda de mi identidad


Tarzán: no recuerdo cuántas veces vi esta pieza, pero si que era la favorita de mi mamá y era su primera opción para distraerme de chiquita. Amaba la canción de "En mi corazón vivirás", era real esa conexión que me hacía sentir. 

A veces soy como el protagonista, perdida entre lo que deseo, lo correcto y lo que debería. Pero la idea está en columpiarse por la selva y llevar todo a una balanza para entender muchos aspectos de la vida, por nuestro bien, por nuestros anhelos y principios. 

Tarzán nunca tuvo un manual. Tuvo que aprender a cazar, a sobrevivir y adaptarse. Es la mejor metáfora de la vida adulta que he encontrado: nadie te da un manual de cómo hacerlo bien a tus 26 años; solo tienes que agarrar la liana más cercana y confiar en ti misma.

El arrecife y mar abierto

Otra de mis favoritas e infaltables. Esta película me enseñó que la sobreprotección es la peor enfermedad, una forma de aferrarse a lo que sabemos que nada será para siempre.

Marlin encarna esa ansiedad paralizante que nos lleva a querer controlar cada aspecto de nuestro entorno. Nemo soy yo. Su recorrido son mis experiencias y decisiones. Él no fue imprudente; solo fue un pez que quiso nadarse el mar completo para vivir y ser el mismo.

Mi arrecife si es mi lugar seguro: mi familia, mis valores y mis principios. Pero el ancla de esta historia es que la verdadera aventura siempre será cuando decides dar el paso de atreverte a nadar a mar abierto y hacer lo que nunca pensaste que harías. Es ahí, fuera de la zona de confort, donde las experiencias definen quiénes somos. 

Esta es solo una cuarta parte de lo mucho que conecto con todas ellas y, este blog me recuerda que siempre podré abrazar a mi yo pequeña admirando y reviviendo las viejas piezas de Disney. 

Bitácora de un Respiro: El día que mi miedo se volvió maestra

Pensé que ese diciembre sería el último de mi vida —porque  sí , sentía las punzadas más gigantescas en mi pecho— pero fue el mes que cambió...